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Juan Vandeveire – AVANCSO.

En este momento vamos a compartir la Columna de Opinión de la Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala, AVANCSO, escrita por Juan Vandeveire. Un escrito presentado en 2013 pero que no pierda vigencia ante el persistente ambiente de injusticia y desigualdad en el país.

¿Qué pasó en la revolución de octubre del año 1944? Se ha descrito este acontecimiento como la crisis y el derrumbe de la dictadura de Jorge Ubico y como el colapso del Estado liberal oligárquico. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, creció la demanda de café en Europa y Estados Unidos mientras que en Guatemala había excelentes condiciones para cultivarlo. Así, algunos guatemaltecos de pensamiento liberal vieron la oportunidad de enriquecerse, a partir de la exportación de este aromático. Solo hacía falta adueñarse de grandes extensiones de tierra y de brazos para cultivar y levantar las cosechas.

Efectivamente, entre 1871 y 1944, Guatemala se convirtió en un país latifundista. En 1950, 34 fincas controlaban el 61.8% de la propiedad agraria. Detrás de los “señores presidentes”, algunos grandes terratenientes caficultores habían concentrado el poder económico. Se apropiaron de muchas tierras comunales, donde anteriormente las comunidades indígenas sembraban maíz. El finquero consideraba la tierra como un bien natural y como medio de producción. Y consideraba igualmente como natural, casi como parte del paisaje, a la población trabajadora. Tierra y cuerpos: dos componentes que, unidos en su finca, él consideraba como su propiedad privada. Este poder dio forma a unas relaciones sociales muy parecidas a las que existían antes entre el amo y sus esclavos, entre el señor y sus siervos.

El señor presidente, fuera Manuel Estrada Cabrera o Jorge Ubico, calcó en lo político el estilo dictatorial del señor finquero. El poder del finquero invade la mente y se instala en la forma de pensar de la población. Se va considerando como natural que la sociedad se componga de dos grupos humanos: unos pocos que están arriba y se portan como dueños y señores del país, frente a los de abajo que deben inclinar la cabeza y recibir órdenes.

En los cambios revolucionarios del 1944, la sociedad, harta de aquella relación inhumana y de aquella dictadura dijo: “¡Ya no más! No soportamos más esta forma de gobernar y esta forma de organización social”. Tal revolución no se dio automáticamente ni de la noche a la mañana. Requería conciencia y organización. Requería rebeldía contra el viejo poder oligárquico. Había que enfrentar la brutal represión, como aquella que pretendió dispersar la masiva manifestación contra Ubico, el 25 de junio de 1944, en la que perdió la vida la maestra María Chinchilla. A pesar de que el dictador opinaba que “el pueblo de Guatemala no está preparado para la democracia y necesita de una mano fuerte”, las luchas por la democracia eran imparables y salieron derrotados Ubico y Ponce Vaides, quien intentó prolongar durante tres meses un ubiquismo sin Ubico.

Hoy, a los 69 años de las luchas y el triunfo del octubre revolucionario, la agenda democratizadora que sustentó aquellas páginas históricas se mantiene vigente. Porque se mantiene el orden finca. Lo comprueba un estudio reciente sobre las condiciones de los trabajadores agrarios, que siguen sufriendo en lo fundamental, los mismos males que sufrían sus abuelos en los días de Ubico, a pesar de que la letra de la ley dice protegerlos:

Los derechos establecidos, tanto en las leyes nacionales, como en los convenios internacionales de la OIT, son sistemáticamente incumplidos en las fincas, incluso con la complicidad estatal. Derechos como el pago de salario mínimo establecido, libertad sindical, estabilidad laboral, vacaciones, seguridad social, descansos semanales, salubridad y seguridad, etc. son constantemente infringidos en la gran mayoría de las fincas agrícolas.

Es decir, el modelo de la finca sigue instalado en la realidad social y en la forma de pensar de mucha gente. Urge retomar, entonces, la lucha de los años cuarenta, para borrar aquel imaginario y sustituirlo por el de la dignidad y de derechos entre todos los habitantes de esta tierra.

Y también sigue instalado en las prácticas gubernamentales el síndrome de Ubico. Se sigue pensando que somos una sociedad que necesita mano dura en lugar de transformaciones de fondo. Por eso, se prefiere militarizar en lugar de democratizar y se recurre a represiones como la del 4 de octubre del año pasado, cuando en la cumbre de Alaska, Totonicapán, los fusiles sembraron muerte y luto entre quienes expresaron libremente sus demandas y sus derechos. Se criminaliza, como en los días antes de la Revolución de Octubre, a quienes luchan por el derecho de tomar decisiones acerca de su territorio, superando la democracia meramente formal y electoral. Ésta no es mucho más que un rito que se repite cada cuatro años y permite a los pequeños Ubicos gobernar al estilo de los señores presidentes de antaño.