En Guatemala, las comadronas continúan siendo una de las figuras más importantes dentro de la salud comunitaria, especialmente en territorios indígenas y rurales donde el acceso al sistema público sigue siendo limitado, desigual y profundamente centralizado. Hablar de ellas no es únicamente hablar de partos, es también hablar de conocimientos ancestrales, organización comunitaria y de una estructura de cuidado sostenida históricamente por mujeres de los pueblos.
Las comadronas han acompañado embarazos, nacimientos y procesos de recuperación posparto desde prácticas construidas colectivamente por generaciones, Su trabajo lleva experiencia, conocimientos ancestrales, espiritualidad y acompañamiento comunitario. En muchas aldeas y comunidades son el primer contacto de atención para las mujeres embarazadas, particularmente en lugares donde no existen puestos de salud cercanos, personal médico suficiente o atención en idiomas mayas.
Según datos de UNICEF, alrededor del 29% de los partos en Guatemala son atendidos por comadronas, aunque en algunos municipios rurales e indígenas la cifra supera el 50%. Estas cifras muestran una realidad que muchas veces queda fuera del discurso oficial, porque una parte importante de la atención materna en el país continúa siendo sostenida por el trabajo comunitario de las comadronas.
Reconocimiento insuficiente y racismo estructural
Pese a su importancia social y sanitaria, el reconocimiento estatal continúa siendo limitado. Aunque Guatemala cuenta con una Política Nacional de Comadronas y normativas que reconocen su labor, en la práctica muchas siguen enfrentando barreras estructurales dentro del sistema de salud.
Las denuncias sobre discriminación, racismo institucional y deslegitimación de sus conocimientos continúan siendo frecuentes, especialmente en hospitales y centros asistenciales donde predomina una visión biomédica que históricamente ha excluido otras formas de entender la salud y el cuerpo.
La fricción entre la medicina occidental y los conocimientos ancestrales no puede analizarse por separado, porque parte de una historia más amplia de colonialismo y exclusión hacia los pueblos indígenas en Guatemala. Durante años, los conocimientos ancestrales han sido reducidos al folclor o tratados como prácticas “informales”, mientras el Estado continúa dependiendo silenciosamente de las comadronas para cubrir vacíos históricos en la atención pública.
Conocimientos ancestrales y espiritualidad
Para muchas comadronas, su labor también está atravesada por experiencias espirituales y formas comunitarias de comprender el nacimiento y el cuidado de la vida. En muchos pueblos, el llamado a ser comadrona no siempre responde a una decisión individual, sino a sueños, señales o experiencias transmitidas por generaciones.
María Choc de Pop, comadrona de Alta Verapaz, relata cómo inició su camino:
“Soñé un día martes que una señora me entregó un huevo y me dijo que lo debía tener por tres años y tres meses. A los tres meses me fueron a traer para atender un parto y luego me eligieron como lideresa de la comunidad”.
también, Adelaida, comadrona de Totonicapán, recuerda:
“Yo siempre soñaba flores y que una señora me decía que esas flores son los niños que vas a recibir”.
Estos testimonios muestran cómo, en muchos territorios, el trabajo de las comadronas también está vinculado a dimensiones espirituales, culturales y comunitarias que históricamente han sido incomprendidas o invisibilizadas por el sistema de salud.
Las problemáticas que enfrentan las comadronas
Aunque las comadronas son fundamentales para la salud pública, todavía enfrentan múltiples desafíos estructurales.
Muchas comadronas sobre todo indígenas han denunciado maltrato, discriminación y falta de reconocimiento dentro del sistema médico. En varios casos, sus conocimientos son desacreditados o minimizados, reproduciendo prácticas racistas que colocan los conocimientos ancestrales en una posición de inferioridad frente a la medicina occidental.
A esto se suma la falta de recursos, en muchas comunidades trabajan sin salario fijo, sin insumos básicos y con poco acompañamiento institucional, pese a que continúan atendiendo una parte significativa de la salud materna en el país.
También persisten barreras lingüísticas y culturales dentro del sistema de salud, muchas mujeres indígenas prefieren acudir a las comadronas porque hablan idiomas mayas, comprenden sus prácticas culturales y dan una atención más cercana y respetuosa. Esto muestra una deuda histórica del Estado guatemalteco en la construcción de servicios de salud verdaderamente interculturales.
Otro desafío continúa siendo la coordinación con hospitales y centros de salud, ya que en muchos casos todavía existen tensiones entre la medicina ancestral y la medicina occidental, particularmente porque las políticas públicas no siempre han sido construidas desde el diálogo horizontal, sino desde relaciones desiguales donde el conocimiento indígena es subordinado o instrumentalizado.
Las comadronas sostienen una práctica que no se limita a lo clínico, su trabajo está vinculado a la memoria colectiva, al cuidado comunitario y a la defensa de formas propias de entender la vida, el nacimiento y el territorio.
En un país atravesado por profundas desigualdades, su existencia también cuestiona un modelo de salud centralizado y excluyente que históricamente ha dejado fuera a las comunidades indígenas y rurales.
Reconocer a las comadronas implica ir más allá de actos simbólicos o discursos institucionales, significa construir políticas públicas desde una perspectiva intercultural real, donde los conocimientos ancestrales no sean subordinados, sino respetados en igualdad de condiciones, también implica garantizar atención en idiomas mayas, acceso digno a servicios de salud y condiciones adecuadas para ejercer su trabajo.
El Día Nacional de la Comadrona Guatemalteca, se celebra cada 19 de mayo, según Decreto 22-2022.
Fotos: Yohana Gonzáles

