Carolina Rivas – Noticiero FGER Maya K’at.

Eran aproximadamente las 4 de la tarde cuando vi a Ana, cargaba una bolsa de mercado con un poco de ropa, a la par de ella caminaba José, quien cargaba a su pequeño de 03 años.

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¿Saben dónde queda la casa del migrante? Preguntaron desorientados. Eran hondureños, según me contaron era su día quinto de caminata, en la ciudad llevaban perdidos aproximadamente dos horas.

Les guiamos hacia la casa del migrante, al llegar el panorama empezó a verse desolador. Un grupo hacía fila para que les dejaran ingresar a uno de los albergues, en el otro una religiosa custodiaba la puerta para tomarle los datos.

Les deje un momento en la puerta e ingresé. Adentro había otras tres filas, una para comida, otra de medicamento y otra para quienes esperaban un colchón donde dormir, en el salón ya habían dos filas de colchonetas llenas de pequeños niños entre los dos y los 5 años, jóvenes y adolescentes cuyas pertenencias eran una pequeña mochila y decenas de hombres y mujeres.

¿A cuántos están atendiendo? Le pregunte a Mauro Verzeletti, encargado del albergue, “Unos dos mil” me dijo rápidamente, pues la lluvia se hice presente y ordeno que todos y todas ingresaran “se van a enfermar” expresó con preocupación.

Entre tantas personas volví a encontrar a Ana y su familia. Me contó que se despertó como cualquier otro día, encendió el televisor y escuchó de la caravana. Y así se decidieron a iniciar su camino al norte. En ese momento la vi detenidamente, estaba embarazada. Tengo tres meses me dijo.

Su caso no era el único, eran decenas de mujeres embarazadas. “No empujen, tengo ocho meses” gritó una de ellas en la fila hacia la comida.

También logre conversar con otro padre en busca de un futuro mejor para sus hijos. Salió con dos de ellos y dejó dos en honduras. Los que viajaban con él tenían dos y tres años. “Llevo dos semanas sin vender nada en Honduras” me explicó.

Otro grupo de jóvenes se acercó, no había necesidad de preguntarles. Ellos explicaban “No hay trabajo, no hay nada, el gobierno de JOH nos tiene en la pobreza”.

La violencia es otro de los problemas. Doña Marixa, quien en el camino se separó de su hijo y su sobrino me comentó que los querían matar. “Ya mataron a mi esposo y acaban de encañonar a mi hijo, ¿Para qué me quedo?”

No era la única que se había separado de sus familiares en camino. “Ayúdame a encontrar a mi hermana, que viene con su bebe de tres años” me rogó Iris, le explique qué haría lo posible, pero que habían más de cuatro refugios y en ellos alrededor de 4 mil migrantes.

No encontré a su hermana, pero si al hijo y al sobrino de doña Marixa, quien contaba las horas para que amaneciera y poder verlos.

Ya eran más de las ocho de la noche, las dos filas de colchones ya no existían. No había espacio ni para pasar de tantas personas que llegaban y seguían entrando. “Queremos comida y descansar”, la lluvia les había acompañado en las últimas horas.

¿A qué hora se van mañana? Fue lo último que le consulte a Ana, “A las cuatro” me respondió firmemente.

Las noticias reportaron justamente eso. Desde la madrugada los miles de migrantes que durmieron en colchonetas o cartones descansaron unas pocas horas y se encaminaron a la frontera, entre las fotos y vídeos busque a las personas con las que había conversado.

Todas y todos huyendo de la violencia, la desigualdad, la pobreza. De gobiernos corruptos que solo ven por los ricos.

No les encontré, pero sé que van rumbo al norte.